martes, 23 de diciembre de 2008

El Libro de los condenados


Lluvia roja en Blankenbergue, el 2 de noviembre de 1819; lluvia de barro en Tasmania, el 14 de noviembre de 1902. Copos de nieve grandes como platos de café en Nashville, el 24 de enero de 1891. Lluvia de ranas en Birmingham, el 30 de junio de 1892. Aerolitos. Bolas de fuego. Huellas de un animal fabuloso en Devonshire. Platillos volantes. Huellas de ventosas en unos montes. Aparatos extraños en el cielo. Caprichos de cometas. Extrañas desapariciones. Cataclismos inexplicables. Inscripciones en meteoritos. Nieve negra. Lunas azules. Soles verdes. Chaparrones de sangre.

¿Qué es El libro de los Condenados? ¿Quién es Charles Hoy Fort?

«Un ramo de oro para los flagelados por la crítica», declaró John Winterich. «Una de las monstruosidades de la literatura», escribió Edmund Pearson. Para Ben Hecht, «Charles Hoy Fort es un apóstol de la excepción y el sacerdote engañador de lo imposible». Martin Gardner, sin embargo, reconoce que «estos sarcasmos están en armonía con las críticas más admisibles de Einstein y de Russell».

John W. Campbell asegura que «hay en esta obra, al menos, los gérmenes de seis ciencias nuevas». «Leer a Charles Hoy Fort es cabalgar en un cometa», confiesa Maynard Shipley, y Théodore Dreiser ve en él «la más grande figura literaria desde Edgar Allan Poe».

Pero sigamos leyendo…

Un iceberg volante cae en pedazos sobre Ruán, el 5 de julio de 1853. Carracas de viajeros celestes. Seres alados a 8.000 metros en el cielo de Palermo, el 30 de noviembre de 1880. Ruedas luminosas en el mar. Lluvias de azufre, de carne. Restos de gigantes en Escocia. Ataúdes de pequeños seres venidos de otro mundo, en los roquedales de Edimburgo.

El libro de los Condenados no fue publicado en Francia hasta 1955. A despecho de las excelentes traducciones y presentaciones de Robert Benayoun y de un mensaje de Tiffany Thayer, que preside en los Estados Unidos la sociedad de Amigos de Charles Hoy Fort , esta obra extraordinaria pasó casi inadvertida.

Unos aullidos conmueven el cielo de Nápoles el 22 de noviembre de 1821; unos peces caen de las nubes sobre Singapur en 1861; sobre Indre–et–Loire, un 10 de abril, se vierte una catarata de hojas muertas; junto con el rayo, caen hachas de piedra en Sumatra; caídas de materia viva; raptos cometidos por Tamerlanes del espacio; restos de mundos vagabundos circulan por encima de nosotros.

Arrastrado por un delirio enciclopédico, Charles Hoy Fort se entrega a un trabajo gigantesco, que consiste menos en aprender que en tener conciencia de la totalidad de lo viviente. Fort dixit: «Me maravilla que cualquiera pudiese contentarse con ser novelista, sastre, industrial o barrendero.»

Fort dirigió principios, fórmulas, leyes y fenómenos de la Biblioteca Municipal de Nueva York, en el British Museum y en las más grandes bibliotecas y librerías del mundo.

Cuarenta mil notas, distribuidas en mil trescientas secciones, escritas a lápiz, en cartoncitos minúsculos y en un lenguaje taquigráfico de su invención.

Sobre esta empresa de locura resplandece el don de considerar cada tema desde el punto de vista de una inteligencia superior que acaba de enterarse de su existencia.

¿Pero qué diablos es El libro de los Condenados…?

El conocimiento científico no es objetivo. Es, como la civilización, una conjuración. Se rechaza un gran número de hechos porque trastocarían los razonamientos establecidos. Vivimos bajo un régimen inquisitorial, cuya arma más empleada contra la realidad disconforme es el desprecio acompañado de risas. ¿Qué es el conocimiento, en tales condiciones? «En la topografía de la inteligencia –dice Fort–, se podría definir el conocimiento como una ignorancia envuelta en risas.»

Fort llegó a reunir veinticinco mil notas, archivadas en cajas de cartón. Hechos que, no bien mencionados, habían vuelto a caer en el foso de la indiferencia. Y, sin embargo, hechos. Fort llamaba a todo esto su «sanatorio de las coincidencias exageradas». Hechos de los que uno no se atrevía a hablar.

Él oía brotar de sus ficheros «un verdadero clamor de silencio». Les había tomado una especie de cariño a esas realidades incongruentes, arrojadas del campo del conocimiento y a las que acogía en su pobre despacho del Bronx, mimándolas mientras las ordenaba: «Putillas, arrapiezos, jorobados, bufones... y, sin embargo, su desfile por mi casa tendrá la impresionante solidez de las cosas que pasan, y pasan, y no cesan de pasar.»

«Hay que señalar, hay que señalar, y un día acabaremos por descubrir que algo nos hace señales.»

Nota : pueden encontrar la version completa en la seccion libros.

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