domingo, 19 de julio de 2009

LA DESENCARNACIÒN PARTE 2


PARTE 2

Así, pues, el hombre impuro, pasado un tiempo en el pur­gatorio, experimenta un cambio favorable en su naturaleza afectiva o astral, hasta que después de algunos años de sufrimientos, logra depurarse de las bajas condiciones y, por la misma ley de afinidad, su cuerpo astral purificado asciende a los grados superiores del Mundo Astral.

Advertimos que el grado intermedio de ese mundo es indiferente o neutro. Los tres grados superiores, o sea, más sutiles, constituyen el "Primer Cielo", que es luminoso y de bellos co­lores. Aquí existe el bien, porque predomina el polo positivo de la polaridad moral. Esta es la región atractiva del Mundo Astral. Los más gratos sentimientos y las más dulces emocio­nes, así como los más nobles deseos, constituyen la actividad anímica del hombre desencarnado que habita en esta región.

El hombre desencarnado que se eleva a esa región astral superior, experimenta la sensación gratísima de haber sido trans­portado a un planeta muy grande, muy luminoso y muy bello; pero sólo se trata de un cambio de estado de materia. Si a la tierra sólida y líquida, o sea, nuestro globo terrestre con sus continentes, océanos, montañas y mares, le agregamos el aire o atmósfera que la rodea, tenemos un globo terrestre bastante aumentado de tamaño. Y si a este globo le agregamos la parte etérica, que sobresale mucho más allá de la atmósfera, tene­mos una tierra etérica mucho más grande que la que estamos acostumbrados a ver con nuestros sentidos corporales. De aná­loga manera ocurre con la esfera astral de nuestro planeta, que es mucho más extensa que la etérea. En el vasto mundo astral existen también numerosos otros astros, distintos de nuestra Tierra; pero nosotros no debemos olvidar que es en este pla­neta donde estamos evolucionando, tanto en su parte visible como en sus regiones o planos invisibles.

En el Primer Cielo reside el ser humano desencarnado, du­rante algunos años, hasta que se agota la energía de su vida afectiva o de deseos. Repetimos, los hombres innobles y protervos pasan muchos años en el Purgatorio; los mediocres, que son ahora la gene­ralidad, unos pocos años; pero los que durante su encarnación física fueron activos en el bien, abnegados y caritativos, devo­tos sinceros de alguna religión o dedicados a las nobles disci­plinas de la filosofía, la ciencia o el arte, purgan ahí sus de­bilidades durante un tiempo que puede ser más o menos cor­to, según el grado de naturaleza moral de cada uno.

Ha habido almas de pureza extraordinaria, que han pasado de inmediato al Primer Cielo, sin estada en el Purgatorio; pero han sido ra­rísimas excepciones. Las personas que desencarnan en avanzada ancianidad, des­pués de haber llevado acá una conducta de elevada moralidad, así como los que han tenido un largo período de purificación antes de desencarnar, por profundos sufrimientos morales so­brellevados con resignación, o por una prolongada y cruel en­fermedad, soportada con valor y paciencia, acortan considera­blemente el tiempo que pudiera haberles correspondido en el Purgatorio y pasan muy pronto al Primer Cielo.

Terminado el período más o menos largo o breve, según el caso, que debe vivir como habitante del mundo astral, el hom­bre se desprende de su cuerpo astral, así como antes lo había hecho con su cuerpo físico, y pasa a residir otro período en la región mental concreta, formada por los cuatro grados o sub-planos inferiores del Mundo Mental. Esta Región Mental constituye el Segundo Cielo. Ahí vive el hombre desencarnado, dedicado a las tareas del pensamien­to, hasta donde le es posible, de acuerdo con el desarrollo que haya alcanzado su mentalidad.

Como habitante de esa región, el ente humano está ya des­provisto del cuerpo astral; por consiguiente, no experimenta la actividad de los deseos ni pasiones. Como la materia del mun­do Mental es muy sutil, responde de inmediato a la actividad pensante de la mente individual.

En la región Mental Concreta o Segundo Cielo, el pensa­miento asume forma. De este modo, al pensar en algo, la cosa pensada se construye instantáneamente en la materia de ese plano. Lo mismo ocurre si se piensa en una persona o animal. Todo lo que se piensa adquiere ahí forma de inmediato, exac­tamente igual a la imagen creada o reproducida por la mente. O sea, las imágenes no son simples percepciones registradas misteriosamente en el cerebro, como creen los materialistas, sino que son cosas, animales y otros seres que toman forma en la materia de ese plano. Es así como el ente humano desencar­nado en ese Cielo, vive constantemente rodeado de todo aque­llo que piensa; pero, en razón de que su alma ya se depuró de toda pasión o deseo terrenal, sus pensamientos en esta región Son nobles y bellos. No olvidemos que ésta es una región celes­tial, y por lo mismo, todas las imágenes que ahí toman forma, son bellas y puras, no existiendo allí nada que perturbe la paz y dulzura del alma.

En otras palabras, en ese plano el ser humano es exclusi­vamente un "ente pensante", es un pensador; pero no se vaya a creer que como el de Rodin; no; el pensador-celestial no tie­ne que parir con dolor los hijos de su imaginación; no tiene músculos que poner en penosa tensión, ni nervios que excitar, ni siquiera el deseo de pensar, sino que piensa naturalmente y sin cesar, porque el pensamiento es su actividad permanente y normal en ese mundo.

En ese sutil mundo de substancia mental, ya se puede vis­lumbrar cuál es la verdadera entidad humana evolucionante: es un ser celestial pensante. Sólo cuando este ente desciende a los mundos inferiores y se reviste de materia astral y física, es cuando experimenta deseos egoístas y apetitos de placeres sen­suales. Sin embargo, la verdadera patria celestial del ser huma­no es el Tercer Cielo, que es el plano causal, al que luego alu­diremos.

Como decíamos, en la región de la mente concreta o Segun­do Cielo, el pensamiento toma forma de inmediato, instantá­neamente, de manera que la mente humana vive ahí en medio de un panorama cambiante, moviente. Al llegar a esa región una persona desencarnada, como su mente está funcionando sin cesar, se encuentra de inmediato rodeada de las imágenes o apariencias que le parecen seres u objeto reales, de las perso­nas, animales o cosas que le eran familiares en su vida terre­nal; pero sólo de aquello que guardan relación armónica con su mente depurada; y no se da cuenta de que son solamente imágenes con apariencia de realidad.

De esa manera, el ente desencarnado vive allí en un estado de armonía y felicidad, por cuanto, como todo lo que se ve y oye es el resultado de su propio pensamiento purificado, no hay allí nadie ni nada que le cause molestia o contrariedad. Además, percibe las armonías musicales que son propias de la vibración de la materia mental, aun cuando no se da cuenta de dónde proceden ni cómo se producen.

Algún tiempo después, el ente humano empieza, poco a poco, a darse cuenta de sus ilusiones mentales y a distinguir los entes reales de los imaginarios. Los seres humanos de más atra­sada evolución demoran mucho en aprender eso y algunos no lo consiguen hasta que caen en el sueño profundo del plano causal, que luego indicaremos.

Empero, los desencarnados más evolucionados despiertan ahí a la verdadera realidad de ese plano, más o menos pronto, y aprenden a distinguir los entes reales de los imaginarios, para lo cual les es necesario, antes que nada, controlar el pensamien­to, a fin de evitar las interferencias de su propia imaginación. Entonces se da cuenta de que ese Cielo está habitado por mul­titud de Ángeles y otros seres de gran esplendor, así como tam­bién de muchos espíritus humanos desencarnados. La existen­cia del ente humano en el Segundo Cielo, es por lo general, el período de mayor duración entre las etapas que pasan de una a otra encamación. Esta región del pensamiento concre­to o Segundo Cielo, en la mística indostánica se llama "Devacán", o el Cielo de los devas, o seres celestiales, como ángeles, arcángeles y otros; pero hay devas superiores que habitan en planos más elevados.

Dejemos al ente humano en su cuerpo mental, disfrutando de la deliciosa y apacible vida celestial, y volvamos un momen­to atrás para considerar lo que ha ocurrido con el cuerpo as­tral del difunto, y que fue abandonado por el ente pensante una vez que éste ascendió al Segundo Cielo. El Cuerpo astral, así abandonado por el ente, pasa a ser una especie de cadáver sutil; pero como su materia es astral y, por lo mismo, dotada de automovimiento. Dicho cuerpo astral, aunque ha quedado sin alma, es semoviente, aparentemente animado, con el aspecto corpóreo del mismo ser viviente a quien perteneció. Además, al ser abandonado, la mente del ente le dejó un pequeño residuo mental que mantiene en ese cuerpo una pequeña, muy precaria actividad mental durante algún tiempo.

Este cadáver astral es llamado "cascarón". Queda vagando durante un poco tiempo, conservando la apariencia de la per­sona difunta; pero como rápidamente se agota el residuo men­tal que le había quedado adherido, pasa a ser una apariencia como idiotizada, hasta que se disuelve. Estos cascarones no son malos. Desde el momento que son cuerpos astrales purificados, no pueden ser malos; pero desgraciadamente, suelen ser utili­zados por entidades malignas que se aprovechan de su aparien­cia para engañar y hacer algún mal con disimulo. El mundo invisible es muy engañoso y productor de ilusiones, por lo cual el estudiante debe ser muy cauteloso con los fenómenos as­trales.

Sigamos de nuevo el curso del ente pensante, que es el hom­bre viviente y actuando en el Mundo Mental. Transcurrido un período más o menos largo en la región mental inferior o Segundo Cielo, su cuerpo mental inferior se debilita y finalmente se desintegra y esparce en la materia de ese plano. Con esta pérdida, el ente pensante queda, general­mente, casi desnudo de materia sutil, pues sólo le resta su cuer­po causal, que como antes dijimos, es un aura de muy preca­rio desarrollo, casi vacuo, como una gran pompa de jabón, en la mayoría de los seres humanos actuales. Y este es el cuerpo o forma, que sirve de vehículo para habitar en el Tercer Cie­lo, que es el plano causal. Se comprende, pues, que careciendo de consistencia y actividad, por su muy escaso desarrollo, el cuerpo causal de la mayoría no le sirve aún al ente humano para poder actuar conscientemente en ese plano o región men­tal superior; por este motivo, al llegar ahí, el ser de escasa evo­lución intelectual, cae en la inconsciencia, como en un pro­fundo sueño que le sirve de reposo durante un tiempo, mien­tras se le prepara su nueva reencarnación.

El Tercer Cielo o plano causal es, por consiguiente, el ni­vel de tope adonde llega, hacia arriba, el ente humano evolu­cionante sometido a la serie de reencarnaciones que necesita para perfeccionarse. Ese Cielo está poblado por seres celestia­les de gran esplendor. Los seres humanos de apreciable evolu­ción mental, que ya han desarrollado su cuerpo causal, pasan a residir conscientemente en ese Cielo, que es de maravillosa belleza.

En este plano causal o región mental superior es donde em­piezan, hacia arriba, los niveles de vida puramente espirituales, donde ya no hay formas corpóreas, ni siquiera en imágenes. En la Región Mental Superior o Abstracta, que es el Tercer Cielo, las únicas formas que asume la materia sutil, son como figuras geométricas, pero cambian rápidamente, pues la sustancia men­tal es muy sutil y moviente. Los cuerpos de los seres celestiales que allí habitan así como los cuerpos causales de los entes humanos altamente evolucionados, son como grandes esferas luminosas iridiscentes, dotadas de intensa actividad vibratoria. El ideal espiritual del ser humano que se afana por la perfec­ción, le conducirá a ese maravilloso estado de esplendor áurico, cuando le llegue su tiempo de habitar en ese cielo.

Pero la evolución y el destino del hombre, que son los dos principales factores de la necesidad, le obligan a descender de nuevo a estos mundos inferiores, para proseguir su curso de perfeccionamiento, a la vez que pagar o compensar deudas que quedaron pendientes en la encarnación anterior. Estas deudas son los sufrimientos o perjuicios que hemos ocasionado a otros seres, o los daños que le hemos causado a la colectividad, ya sea por conducta antisocial, ya sea por negligencia en el cumpli­miento de nuestros deberes.

Este descenso a tomar nueva encarnación en condiciones ade­cuadas al propio destino, se opera con la ayuda de los átomos simientes. En efecto, después de la desencarnación, el Ego man­tiene ligado a él un átomo de cada uno de sus cuerpos. Este átomo no sigue la disgregación de su respectivo cuerpo, sino que permanece ligado al Ego, conteniendo en él un extracto o síntesis de toda la experiencia de la vida pasada, y no cambia, o sea, es el mismo, encarnación tras encarnación, hasta que el Ego se libera de la necesidad de reencarnar. En este átomo se imprimen las cualidades individuales correspondientes a cada plano de existencia.

En consecuencia, el primer paso de su nuevo descenso a la materia, consiste en que el Ego reviste de substancia mental a su átomo simiente mental. Entonces se forma un cuerpo men­tal embrionario. Lo mismo ocurre más adelante respecto del átomo simiente astral, en torno al cual se forma el nuevo cuer­po astral embrionario; y después sucede otro tanto en lo tocan­te a la formación del cuerpo etéreo embrionario, hasta que todos son unidos al embrión físico en la matriz de la que va a ser la madre del próximo recién nacido.

Los cuerpos mental y astral embrionarios adoptan la forma de una campana, antes del renacimiento; pero más adelante cierra por la parte inferior, formando así el aura sutil, mental astral. El cuerpo causal no sufre esos cambios, pues permanece intacto y solamente crece y mejora un poco de una u otra en­carnación. En los individuos inferiores o medianos, el cuerpo causal es ovoide, a semejanza del aura astral; pero en los seres superiores, como dijimos, toma forma esférica, mucho más gran­de y brillante.

El átomo simiente es un átomo especial de cada plano de existencia, que un ser humano ha incorporado en forma per­manente a su naturaleza individual desde que empezó el ciclo de la serie de reencarnaciones. Es la semilla del fruto de la existencia. Durante la vida física del hombre en este plano inferior, el átomo simiente del cuerpo físico está situado en el ventrículo izquierdo del corazón. Al momento de la desencarnación, ese átomo simiente sube del corazón a la cabeza, por donde abandona el cuerpo carnal, yéndose juntamente con los cuerpos sutiles, pasando por la co­misura de los huesos parietales y occipitales.

Análogamente, más adelante, cuando el ente desencarnado abandona su cuerpo astral, también su átomo simiente lo deja, pues sigue ligado al Ego, lo mismo que el átomo simiente fí­sico; asimismo, después, el átomo simiente mental. Repetimos, cada uno de ellos es el núcleo de la formación embrionaria de los respectivos cuerpos mental, astral y etéreo, antes de la for­mación del embrión carnal. Cada átomo simiente es una especie de imán, que atrae so­lamente ciertos materiales de su mismo plano, en concordancia con su propia fuerza atractiva y con las cualidades que el in­dividuo ha desarrollado en sus encarnaciones pasadas.

Así, el átomo simiente mental de una persona que ha tenido en su existencia pasada una mentalidad mezquina o tenebrosa, no será capaz de atraer materia mental suficiente y de calidad como para construir una mente dotada de armonía y brillantez. Otro tanto ocurre con el átomo simiente astral. Un indivi­duo que en sus pasadas vidas terrestres se ha manifestado im­pulsivo y animado por deseos groseros e innobles, no podrá atraer el material astral que se requeriría para construir un cuerpo de deseos dotado de noble y bondadosa naturaleza afec­tiva, de puros sentimientos y elevados anhelos.

No olvidemos lo siguiente: cada cual forma o construye su propia organización individual, tanto en lo físico, como en lo moral e intelectual, solamente lo que es capaz de atraer, apro­vechar y elaborar.

El vigor y la salud del mundo físico están condicionados por una buena constitución del doble etéreo, como base principal, y secundariamente por factores favorables que inciden en la gestación, en el nacimiento y en la crianza. Si estas condicio­nes no son favorables, pueden mejorarse mucho, mediante una adecuada educación física y hábitos saludables. Pero este buen resultado se consigue con el tiempo, mediante una recta ins­trucción y una voluntad aplicada con perseverancia al fin de­seado.

Es por esto que se ha dicho y repetido por diversos escrito­res que: cada uno es el arquitecto de su propio destino. El se­creto principal está en los átomos simientes. En esos átomos están infundidas, no solamente las cualida­des individuales, sino que también las tendencias del temperamento y las modalidades del carácter, en esencia condensada, como las cualidades y posibilidades de una planta o árbol están en la semilla. Pero esto no es todo, pues, como ya hemos advertido, cada átomo simiente atrae a otros átomos similares de su misma naturaleza. Lo que hemos querido decir es que el átomo simiente, atrae hacia sí otros átomos de similar na­turaleza con los cuales forma combinaciones "subatómicas", y de estas surgen otras que forman la variada gama de las estruc­turas moleculares de los cuerpos.

Cuando un ente humano está por renacer, los Señores del Destino, que son poderosas e inexorables Entidades, y sus au­xiliares, determinan los padres que el renaciente va a tener en este mundo de materia física. Los padres son elegidos de acuer­do con el destino que el renaciente deba soportar en este plano. Esto está más o menos de acuerdo con la teoría científica de la herencia biológica y psicológica. La ciencia materialista ha formulado diversas leyes de la herencia; pero nosotros estima­mos que no son leyes en un sentido estricto, sino solamente aproximaciones.

Una ley de la naturaleza es un principio cons­tante; pero no hay nada más inconstante y variable que las lla­madas leyes de la herencia. Esto no significa que neguemos la herencia biológica. La aceptamos, pero sólo parcialmente, esto es, como el conjunto de factores etiológicos que determinan y condicionan la existencia, forma, vigor, salud y otras caracte­rísticas del organismo físico de un individuo y que proceden de los caracteres biológicos y condiciones físicas y vitales de sus padres o antepasados. A estos factores hereditarios se agregan otros que no dependen, en absoluto, de los progenitores, sino de otras dos cosas, que son completamente individuales del re­naciente: una es el contenido de sus átomos simientes, y la otra es la determinación que hacen los Señores del Destino, acerca de la familia, el medio social y la situación económica y cul­tural que deberá tener el renaciente. Los seres humanos más adelantados eligen ellos mismos los padres que van a tener, de acuerdo con el programa de pensamiento y acción que se han propuesto desarrollar en esta nueva existencia, o con algunas deudas que todavía tienen pendientes y que han decidido can­celar o compensar de alguna manera determinada.

Como se ve, hay una relativa "predestinación" del destino personal; pero no es absoluta, como supone el fatalismo. Lue­go nos referiremos a este punto. De lo que hemos expuesto se desprende claramente que cada hombre o mujer construye su destino, mediante la generación de las causas o factores que han de determinarlo. Estas causas o factores son de orden mental, astral y físico; o sea, relativos a nuestros pensamientos e ideas, sentimientos, pasiones y deseos, y a los actos materiales o físicos.

No culpemos, pues, a nadie ni a una supuesta mala suerte, si en nuestra actual existencia física carecemos de una podero­sa y brillante mentalidad, afectividad y actividad, que nos per­mite concebir, proyectar, impulsar y desarrollar obras meri­torias o importantes, como las que realizan los hombres de gran talento y virtud.

La suerte no es el caprichoso azar, como cree el vulgo, sino que es el resultado de causas desconocidas, que por lo general han sido generadas o promovidas en alguna encarnación an­terior. En la naturaleza, tanto en la visible como en la invisi­ble, no existe el capricho o la arbitrariedad; no, sino que todo es el resultado de factores actuantes, que obedecen al ordena­miento de las leyes naturales.

Un acontecimiento puede aparecer como caprichoso o arbi­trario, porque a la simple vista no concuerda con el orden de las leyes naturales. En estos casos lo que ocurre es que nosotros, no conocemos todas las leyes de la naturaleza, de manera que no sabemos cuando una ley de orden superior desvía o contra­dice los efectos de una ley inferior.

De este desconocimiento nuestro provienen los llamados "mi­lagros", que las gentes se inclinan a estimar como un aconte­cimiento sobrenatural, caprichoso o arbitrario; pero no es así, pues en la Madre Naturaleza no existe nada arbitrario. Así, por ejemplo, sucede con los casos de "levitación", en que una persona o un objeto se elevan del suelo, contrariando a la ley de gravedad o pesantez. Hoy en día, la aeronáutica nos prue­ba que el hombre, por procedimientos mecánicos, puede poner en acción fuerzas que contrarrestan la gravedad y permiten la elevación de las aeronaves o de los cohetes; de manera similar, han existido individuos extraordinarios que han tenido el po­der oculto de elevarse a cierta altura del suelo, poniendo en ac­ción una fuerza que es contraria a la gravedad, y que se llama "levitación".

Volviendo al tema de la reencarnación, las fuerzas menta­les, afectivas y vitales que el hombre desarrolló en sus anterio­res existencias, quedan en estado latente en los átomos simien­tes, durante el período que sigue a la desencarnación. Al ini­ciarse el nuevo proceso de descenso a la materia de los planos inferiores, esas fuerzas se ponen nuevamente en actividad y em­piezan a atraer, primero las partículas de la región mental con­creta, que el hombre necesita para construir su cuerpo mental inferior, pues ya dijimos que el mental superior o causal no se deshace. Después, sucesivamente, entran en actividad los áto­mos simientes astral y etéreo, de análoga manera.

Esta compleja tarea no la hace el Ego solo, sino que es di­rigido, controlado y ayudado por los Señores del Destino, que ya mencionamos, y sus auxiliares. Esos Señores del mundo in­visible, así como a los grandes adeptos de la Sabiduría Divina, les basta echar una rápida mirada a esos registros sutiles para saber las actuaciones pasadas de un individuo y ver las causas que él ha generado y que habrán de producir sus efectos en las próximas encarnaciones del mismo sujeto.

De la determinación que hacen los Señores del Destino, pro­cede también ese ajuste de cuenta que en forma vaga hemos conocido como "la justicia inmanente". Ellos son jueces im­perturbables, pues están encargados de aplicar el rigor de la ley; y si no fuera por otros seres misericordiosos que también intervienen en los destinos humanos, la vida de la mayoría de los hombres actuales sería aún más triste y dura.

A los Señores del Destino se les conoce en la India como los "Lípikas", y en la mística cristiana; como los "Ángeles Archi­veros", para dar a entender, simbólicamente, que tienen a su cargo los archivos de las vidas humanas.

Lo que acabamos dé explicar acerca de la desencarnación y la reencarnación, no da una idea del modo exacto del proce­so y sus consecuencias. Hay algo aún más importante, que con­siste en el mejoramiento psicológico que obtiene el ser huma­no al construir su nueva personalidad, a causa de los varios factores favorables: a) la purificación astral o afectiva que su­frió en el Purgatorio; b) los estímulos enaltecedores que reci­bió su alma durante su permanencia en las regiones celestiales, y c) el aprovechamiento, aunque sea poco, de la experiencia resultante de su vida anterior. A ello se añade un factor in­terno, que es el más importante de todos: que el espíritu divi­no del hombre posee un íntimo anhelo de realizar la perfec­ción. Este anhelo es muy vago en la mayoría; casi no se nota en los seres vulgares. En estos existe como un oculto germen de perfectibilidad; pero de este germen, con el andar de la evo­lución de la vida interna, deberá brotar y crecer el maravillo­so árbol de la sabiduría.

En cuanto a las condiciones externas de la nueva existen­cia del renaciente, como la familia y la situación económica, por lo general también tienden a mejorar de una a otra en­carnación; pero esta regla tiene muchas excepciones, por cuan­to hay mucha variedad de destinos. En efecto, hay actualmen­te numerosas personas de modesta condición, que en encarna­ciones anteriores disfrutaron de apreciable rango social y fortuna. Este rebajamiento de condición se debe, generalmente, a que fueron demasiado orgullosos e indolentes o crueles en sus relaciones con el prójimo, por lo cual causaron muchos su­frimientos a otros. También se rebaja el destino de los que se han degradado en los vicios y abusado de los placeres. Estas personas renacen en deplorables condiciones de salud mental y física. Las taras mentales y morales corresponden, por lo co­mún, a una conducta anterior viciosa. Sin embargo, hay otra excepción muy importante y completamente diferente, que es la de algunas almas que se deciden a apresurar su evolución psi­cológica, para lo cual optan por sobrellevar algunas encarna­ciones difíciles, para acrecentar el poder anímico e iluminar la conciencia. Los poderes del alma y el esplendor de la concien­cia interna, se adquieren después de varias vidas de arduo y fructífero trabajo. Esto no es para holgazanes. A ello se agre­ga que el hombre o la mujer que se proponen seguir el sen­dero de la perfección debe luchar con muchas dificultades y contrariedades, puesto que, aparte de que ha de superar sus propias deficiencias, se le oponen intereses adversos tanto vi­sibles como ocultos.

Pero, volvamos a la regla general. El Ego, a causa de la ex­periencia recogida en sus encarnaciones pasadas, añade algo nuevo en la próxima, que le permite introducir mejoras en las condiciones de su nueva existencia física. Esto es de mucha im­portancia, pues si así no fuese, la nueva encarnación sería una mera repetición de la anterior, de manera que los esfuerzos y sufrimientos habrían sido inútiles. Por fortuna, no es así, pues como ya vimos, existe en lo íntimo del alma el germen de per­fectibilidad que es inherente al espíritu divino del hombre, el cual, a pesar de los contratiempos, sigue una línea de evolución.

Los padres procrean la criatura física del renaciente; pero nosotros sabemos ya que el hombre no está solamente consti­tuido por su cuerpo carnal, sino también con otros cuerpos su­tiles en cuya gestación o formación nada tienen que hacer los padres, salvo en cuanto a la influencia que ejercen en sus men­tes y costumbres en la dúctil y delicada personalidad del niño, durante su infancia y adolescencia, la cual también está tomada en cuenta para la determinación de destino y sus posibilidades.

Es por esos motivos que la teoría materialista de la herencia biológica y psicológica presenta algunos aspectos de reali­dad; pero en este terreno, como en muchos otros conocimien­tos de la ciencia materialista o profana, no obstante sus admi­rables progresos, la investigación científica se halla separada de la verdad trascendente por una barrera que separa el Mundo Físico del Mundo Astral y que es el "velo" del ocultismo. El primer velo es simplemente etérico; pero la substancia etérica pertenece todavía al Mundo Físico y, por lo mismo, está al alcance del instrumental científico, que nos ha permitido apro­vechar los beneficios de las ondas etéricas y de la energía de esa región radiante, en las varias formas que la técnica actual ha podido utilizar; pero el verdadero velo de los misterios reside en la separación entre el Mundo Físico y el Mundo Astral, se­paración que es muy profunda, pues el estado de materia es completamente diferente.

Limitando la herencia a las condiciones del organismo físi­co, y si buscamos la correlación existente entre aquella y el pro­ceso de la reencarnación, veremos que no son sino distintos as­pectos de la acción complejísima de los numerosos factores que se ponen en juego por la ley de causa y efecto, entre cuyos fac­tores hay que contar la perfectibilidad evolutiva, a la que ya aludimos.

Todo ello está previsto por los Señores del Destino. Así, el ente humano que debe padecer en esta existencia física los de­plorables efectos de sus pensamientos y actos inicuos de encar­naciones pasadas, en las cuales fue vicioso, indolente o depra­vado, necesita reencarnar en un cuerpo procreado por padres alcohólicos, inmorales o enfermos, que engendrarán un cuer­po tarado, apropiado para un destino precario y lamentable; por el contrario, si el renaciente trae un buen destino, sus pa­dres procrearán un cuerpo sano y vigoroso, o bien, delicado y sensitivo, según la naturaleza de las tareas que el Ego deba emprender y desarrollar en esta nueva encarnación. Otro tan­to, ocurre con respecto a la situación social y económica, como hemos visto.

Antes de la procreación, los Señores del Destino se han ocu­pado de ayudar al Ego en la construcción del cuerpo embrio­nal etérico, dejándolo en condiciones de proseguir su desarrollo consecuencial en la matriz de la madre que le han elegido rápidamente que la naturaleza mental del individuo. Estos de­sarrollos se efectúan por períodos septenarios: siete, catorce, veintiún, y veintiocho años de edad. Hasta los siete años, el niño es ayudado por los ángeles, bajo los Señores del Destino, en relación con las fuerzas macrocósmicas, pues desde esa edad empieza, poco a poco, a determinarse por su individualidad. De los catorce a los veintiún años se acentúa el desarrollo del cuerpo astral, el que, repetimos, es una aura ovoide, de cam­biantes colores, y de los veintiún a los veintiocho años, el del cuerpo mental, pues a pesar de que ambos están unidos, son de distinta naturaleza. Todo esto es relativo y depende de la mayor o menor evolución del Ego.

Las explicaciones que hemos dado acerca del proceso de la reencarnación son de carácter general; pero hay diversas par­ticularidades que seria demasiado largo entrar a estudiar en este compendio. Bástenos citar dos especies de excepción, que son los extremos: la de las almas perdidas de los más endure­cidos magos negros y la de las almas excelentes de los inicia­dos en los misterios divinos.

Las almas perdidas son raras excepciones. No son los crimi­nales que pueblan las cárceles. Estos son unos pobres infelices, que tarde o temprano tendrán que purgar sus delitos y a cos­ta de sufrimientos tomar el buen camino, aunque tarden mu­chas reencarnaciones en ello. Esas almas perdidas correspon­den a personalidades bastantes desarrolladas; pero endurecidas en el egoísmo, hasta el punto en que el nexo sutil entre el Ego espiritual y la personalidad terrenal, se rompe. La per­sonalidad sigue existiendo en este plano, como si nada hubiese pasado, aparentemente; pero ahora es una personalidad sin al­ma espiritual, la cual es la vida luminosa del Ego que se ha desconectado del individuo y se ha ido a las regiones celestes. Esa ruptura es una desgracia muy grande, porque el Ego no puede volver a reencarnar en la presente jornada terrestre de la evolución de la humanidad, con lo cual queda suspendida su evolución individual hasta que se inicie otra jornada de una nueva evolución general. Como se ve, pérdida absoluta no hay; pero la que se ha indicado es un grande que, para nuestra li­mitada mentalidad, abarcando tan vasto ciclo, es casi como perder una eternidad.

La otra excepción citada, es la de los iniciados que renun­cian al descanso y disfrute de la vida celestial después de la desencarnación, a fin de no perder tiempo en su programa de perfeccionamiento. El iniciado que desencarna, desintegra en breve tiempo su doble etéreo y permanece un corto período en el Mundo Astral con el objeto de preparar su reencarnación lo más pronto posible. En esta labor es ayudado por Seres Su­periores, que están atentos a estos asuntos especialmente rela­cionados con los iniciados. Ciertamente esa renuncia no la pue­den hacer sino Egos bastantes evolucionados, pues para otros sería muy perjudicial la privación de ese descanso y de los es­tímulos enaltecedores que el alma recibe en las regiones ce­lestiales. El iniciado, para poder efectuar ese rápido retorno, necesita llevar una existencia no solamente virtuosa, sino que desinteresada y altruista, con desapego respecto de la recom­pensa de sus méritos, porque si no renuncia a la recompensa divina de sus méritos, la ley de causa y efecto lo coge en la cadena del determinismo en el orden mental y lo conduce al Segundo y Tercer Cielo a recibir el premio de sus virtudes por muchísimos años. Por fortuna, los seres superiores que ayudan a los iniciados, están atentos a estas contingencias y oportuna­mente toman las medidas necesarias para que el iniciado no se distraiga en el sendero excepcional que se ha propuesto se­guir. Naturalmente, este seguimiento es enteramente volunta­rio en cada cual, de manera que la ayuda divina viene al que la desea con puro corazón.


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