lunes, 28 de septiembre de 2009

Comprendiendo el valor de la fealdad



Érase una vez una pata, sí una pata, que vivía a la orilla de un río contaminado. Era un tiempo aquel que estaba lleno de signos en la naturaleza, que bien podía indicar que se acercaba (más de lo que algunos creían y/o deseaban) el momento de la cosecha. En los campos, no obstante, trigo y cebada abundaban sin ser recogidos; mientras algunas personas dedicaban pacientemente su tiempo a moler uvas y olivas, obteniendo un vino y un aceite que –por su escasez y valor en sí- eran preciados como el mismo oro. Nuestra pata, que seguía fielmente las reglas impuestas en la granja, empollaba sus huevos sin que ninguna fuerza más poderosa que su arraigo a la tierra, el instinto y la costumbre, le hiciera pensar en que su futura prole –como ocurriera con las anteriores- le sería arrebatada para servir a los propósitos de los granjeros. Ella era, ante todo, confiada y sumisa, y como tal se sentía orgullosa. Sus plumas rezumaban el orgullo propio de quien se cree bien considerada, aunque la realidad no fuera aquella. El momento en que los huevos comenzaron a eclosionar fue para ella grandioso. Uno tras otro se fueron rompiendo los cascarones, siendo el último de ellos extrañamente diferente al resto. No porque la última criatura en sumarse a la familia pata fuese físicamente diferente de las demás. En absoluto. Lo que ocurre es que este último pato parecía –al contrario que sus hermanos- incómodo fuera de su medio habitual. Diríase que preferiría no haber roto la cáscara, tal vez presintiendo que aquel mundo nuevo le sería hostil. Exteriormente, aquel bicho con plumas era un pato como los demás. Lo cierto es que, al respecto, alguien ha contado –desde hace muchos años- que ese pato no era tal, sino un cisne. Se equivoca de pleno. Aquella insólita criatura de la que hablan los cuentos no difería en nada del resto, aunque eso sí, era feo como un demonio. Su sola presencia, sus modos, rompían estéticamente con el orden que rodeaba a los demás. Hay patos y patos. Y la diferencia entre unos y otros radica en el comportamiento, en las inquietudes llevadas a término, y en la consideración que cada uno tiene de su propia vida y cómo manejarla. Nuestro protagonista comenzó a mostrarse diferente que el resto de aquella familia, y de las otras de esa zona del río. Este ejemplar, al alcanzar cierta edad (días, se entiende), dejó de ir a la zaga de sus mayores. Y no sólo eso: se atrevió a poner en duda muchos de los pareceres de quienes ya tenían unos años de vida, encarándose más de una vez con problemas que la sumisión podría haberle evitado… fue más allá del vallado, nadó contra la corriente del río, entre otras cosas insólitas. Como se comprenderá, todo ello era considerado muy peligroso dentro de la comunidad, y para nuestro feo (en tanto que desigual) patito supuso no sólo marginación, sino acoso. Nada preocupa más a una balanza desequilibrada que la pretensión de alguien por equilibrarla, pues ello mostraría el escaso peso de algunas cosas consideradas importantes. Nada estorba más a los que son presa del miedo, que el que exista alguien que –con su proceder- haga evidente que ese miedo los paraliza. Y puesto que no sólo paraliza el miedo, también estorba quien se opone a ser marcado y –como buen cimarrón- corre con las alforjas vacías hacia la pradera. Estorba mucho quien pide argumentos y se niega a creer los dictados que provienen del señorío de la granja. En definitiva, que la fealdad del pato no es otra que la realidad del exiliado, la disidencia de quien observa y denuncia la desnudez del emperador. Ni que decir tiene que nuestro protagonista no vivió precisamente un camino de rosas. Un día acumuló el hartazgo y el valor suficientes como para atravesar el vallado y no regresar. A quienes dejó atrás lo tacharon de loco. Comprensible, y no exento de razón. Ciertamente, nuestro pato había enloquecido al observar el mecánico proceder de sus congéneres. Y la locura dio paso a la lucidez, y ésta a la soledad. Y la soledad de muchos de esos patos, procedentes de otras granjas, comenzó a preocupar a los granjeros, que cargaron sus armas de fuego. Aunque aquello fuera ya inútil. Se sabe de buena fuente que ya no sólo hay patitos feos que graznan contra lo establecido, sino que dentro de todas las familias, animales feísimos están alterando –con su comportamiento- la tradición. Y cuando algo así acontece, todo buen observador sabe que ello no significa sino una cosa: el destierro, el exilio, como queramos llamarlo, ha llegado a su fin. Los patos están comenzando a comprenderse, a mirar atrás y entender el motivo por el que fueron rechazados por el entorno. Ahora empiezan a trabajar juntos, y eso ya no hay nada ni nadie que pueda evitarlo. Y aun habrá gente que piense ¡
¿qué **** tendrá que ver un cuento con lo que se trata en este blog?! La respuesta es obvia, ¿no? No tiene nada, nada que ver…

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